jueves, 20 de noviembre de 2014
¿QUE SIGNIFICA SER LIDER?
¿QUE SIGNIFICA SER LIDER?
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Liderazgo en tiempos frágiles:
visión para un futuro compartido
Juan José Esquivias López, SJ
JUAN José Esquivias López, SJ Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales por el Instituto Libre de Filosofía y licenciado en Teología por la UIA ciudad de México. Ha sido promotor vocacional, coordinador del Voluntariado jesuita, y superior y párroco en Chihuahua. En la UIA Torreón se ha desempeñado como coordinador de Servicio y Promoción Social y actualmente es vicerrector educativo.
juanjose.esquivias@lag. uia. mx
I. Contexto: desde el modelo educativo ignaciano
La posible respuesta que busco dar a la pregunta ¿qué significa ser líder hoy?, se encuentra enmarcada en el horizonte de la filosofía humanista de la Universidad Iberoamericana, de las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, es decir, en una inspiración cristiano- ignaciana. Con un arraigo educativo de 450 años de experiencia en la formación de hombres y mujeres para los demás, y a manera de constatación del impacto de la formación ignaciana, podemos recordar algunos líderes educados en la misma línea filosófica actual (Francisco Javier en la India, Mateo Ricci en China, Teihard de Chardin en Francia, Alberto Hurtado en Chile, Ignacio Ellacuría en El Salvador, Eusebio Kino en las Californias, Miguel Pro en México), pero el reto que aparece frente a nosotros está en aprender el modo de estos líderes desde el contexto socio-cultural de nuestro tiempo, desde la realidad que circunda nuestras vidas y nuestro entorno.
El liderazgo es una competencia que se contempla en los planes de educación de la Universidad como una de las principales tareas del quehacer educativo. Como lo señala el padre general en uno de sus discursos, “Educando hombres y mujeres que lleguen a ser buenos ciudadanos y buenos dirigentes, preocupados por el bien común, y capaces de poner su educación al servicio de la fe y la promoción de la justicia”.1 Este liderazgo posee notas específicas que lo distinguen de otros: de manera particular, se delínea por el horizonte de las mayorías empobrecidas, una dimensión esencial de nuestra misión como jesuitas, según lo señala el mismo padre Kolvenbach en un discurso sobre educación y valores en la Universidad Iberoamericana ciudad de México: “Nuestra opción es mucho más englobante y exigente, porque nos pide educarlos a todos —ricos, clase media y pobres— pero desde una perspectiva de justicia y desde las necesidades y esperanzas de los pobres”,2 nos pone ante una realidad compleja a la que tenemos que saber responder, pero sobre todo, deja en claro el horizonte que debe guiar nuestro liderazgo. Por eso creo que la Universidad debe proporcionar a los estudiantes el conocimiento y las destrezas necesarias para sobresalir en cualquier terreno que elijan, con un gran potencial de desarrollo humano; es lo que creemos cuando decimos que pretendemos formar hombres y mujeres profesionalmente competentes, socialmente pertinentes y humanamente responsables. Este liderazgo se desarrollará en medio de un contexto globalizado, pluricultural, complejo en sus dimensiones estructurales, sometido a una lógica de mercado que responde a los grandes intereses de los países del primer mundo (Fondo Monetario Internacional, Banco Interamericano de Desarrollo, Comunidad Europea, etc.), es decir, de los grandes capitales. Este mundo globalizado a la vez se compone de realidades nacionales con fragilidad económica, cultural y medioambiental que evidencian la pobreza de millones de habitantes. Esta realidad bipolar nos plantea —como Universidad— frente al desarrollo y sus consecuencias, el siguiente cuestionamiento como educadores: “¿Desafiamos a los líderes del mañana a que reflexionen críticamente sobre la forma como deberán asumir el ‘progreso’ y sus consecuencias?”3 Se trata no sólo de un liderazgo con horizonte socialmente definido, con valores éticos asumidos, sino también, de un aprendizaje de habilidades y destrezas que permitan un manejo científico, técnico y disciplinar que hagan factibles los proyectos alternativos de desarrollo.
La Misión y la Visión que recientemente hemos elaborado en la Universidad, nos dan el marco situacional que contextualiza la formación de hombres y mujeres para los demás; rasgos que apuntalan el perfil de los líderes que nuestra sociedad requiere. Así la señala nuestra Misión: “La formación de personas, íntegras y profesionales, preparadas para el servicio a los demás; una comprometida investigación de la realidad y un vínculo solidario con la sociedad”.4 Y de manera más explícita, lo enuncia la Visión: “Incidir universitariamente en la cultura y en la transformación social, prioritariamente en la región lagunera y en los campos de educación y pobreza”.5 Pero esta Misión y Visión de la Iberoamericana Torreón se pueden quedar en panfletos si no se transforman en una verdadera vivencia cotidiana dentro de nuestro quehacer universitario, y preferentemente, desde la formación de los alumnos, que serán los líderes del mañana.
II. Liderazgo moderno: clarificar el concepto de líder–liderazgo
El lugar del líder en la sociedad será siempre una oportunidad de poder y servicio, es decir, un poder para servir o servir para el poder, son las disyuntivas reales que se le plantean a cualquier líder en nuestra sociedad, “lo que haga con ese poder dependerá de los valores y propósitos de vida del dirigente y determinará el reconocimiento de su autoridad por parte de sus colaboradores.”6 Los líderes no son ajenos a ideologías, intereses y estructuras, por eso “lo que necesitamos de nuestros líderes es visión, humildad y decisión para lograr un futuro promisorio, con los pies en la tierra y buscando con determinación.”7
Vale la pena señalar aquí el aporte de uno de los mayores líderes que han existido en el mundo, particularmente en la India, Gandhi, “Hay una diferencia entre obstinación y constancia. Tratar de imponer a otros la propia visión es obstinación; la constancia consiste en imponernos algo a nosotros mismos y, como consecuencia, convencer a otros de que adopten libre y voluntariamente nuestra visión.”8 La determinación del líder no está en la imposición de sus ideales, por muy buenos y nobles que sean, sino en hacer realidad los sueños y anhelos de los otros.
En este esfuerzo de clarificación del concepto de líder en nuestros días, nos puede ayudar las siguientes afirmaciones comparativas entre jefe y líder, expresadas en la obra Liderazgo contemporáneo:9
JEFE
1. Administra recursos
2. Recompensa la fidelidad y la disciplina
3. Establece estructuras funcionales
4. Privilegia la continuidad y estabilidad
5. Se enfoca hacia la tarea y los recursos
6. Hace las cosas correctamente
LÍDER
1. Desarrolla talentos
2. Recompensa la productividad y logro de la misión
3. Crea ambientes flexibles
4. Impulsa la mejora y la innovación
5. Se enfoca hacia las personas y las relaciones
6. Hace las cosas correctas
El mismo liderazgo contemporáneo apuntala el papel del líder como un promotor del desarrollo de capacidades humanas, buscando el coraje y la fuerza que brota de los deseos y aspiraciones de la persona. Podemos afirmar que más que desarrollar la pura adquisición de conocimientos y habilidades técnicas, un líder promueve a la persona y sus capacidades frente a la misión que se ha planteado.
III. LIDERAZGO IGNACIANO: AL ESTILO DE LOS JESUITAS DURANTE 450 AÑOS
El aporte de Ignacio de Loyola frente a un grupo tan diverso y complejo de líderes como lo fueron sus primeros compañeros, consistió —y sigue imperante— en la vivencia de su espiritualidad, en poner todo su esfuerzo para extraer lo mejor de la persona, ayudándolos a descubrir por sí mismos sus deseos más hondos. Ignacio tenía el firme convencimiento de que el liderazgo que requería para una gran obra sólo podía surgir de hombres cuyos deseos apostólicos y energía fueran a su vez fuentes de animación para otros.
El liderazgo al estilo de los jesuitas considera la importancia de los deseos en la persona, porque los deseos suscitan pasiones: he ahí su fuerza. El liderazgo ignaciano depende de la capacidad humana de la persona y del arraigo de sus deseos frente a los deseos de Dios, como lo señala el mismo Ignacio, “hacer todo como si dependiera de nosotros sabiendo que todo depende de Dios”; de esta experiencia brota la fuerza interior de su liderazgo, del convencimiento de la acción de Dios y del discernimiento de nuestra acción humana que secunda el actuar de Dios.
Fundamentos del liderazgo ignaciano10:
§ Conocimiento de sí mismo: “ordenar la propia vida”, los líderes prosperan al entender quiénes son y qué valoran, al observar malsanos puntos de debilidad que los descalibran y al cultivar el hábito de una continua reflexión y aprendizaje.
§ Ingenio: “Todo el mundo será nuestro hogar”, se adaptan y hacen adaptarse a los demás en un mundo cambiante. Exploran nuevas ideas, métodos y culturas en vez de mantenerse a la defensiva ante lo que pueda esperarles a la vuelta de la esquina.
§ Amor: “Con más amor que temor”, se enfrentan al mundo llenos de confianza, con un sentido claro de su propio valer como individuos dotados de talento, dignidad y potencial para dirigir. Crean ambientes rodeados y activados por la lealtad, el afecto y el apoyo mutuo.
§ Heroísmo: “Despertar grandes deseos”, imaginan un futuro inspirador y se esfuerzan por darle forma, en vez de permanecer pasivos a la espera de lo que traiga el futuro. Los héroes sacan oro de lo que tienen en la mano en lugar de esperar a tener en la mano oportunidades de oro.
Base del liderazgo ignaciano: conocimiento de sí mismo 11
§ Apreciarse a sí mismo como persona de talento, entendiendo sus fortalezas, debilidades, valores y visión de mundo.
§ Reconocer debilidades y apegos.
§ Expresar metas y aspiraciones, vivir de acuerdo con el propio sentido de magis. Se fortalecen a sí mismos y fortalecen a los demás con aspiraciones heroicas.
§ Determinar qué represento, qué influencia quiero tener.
§ Desarrollar una visión general que guíe el trato con los demás.
§ Adquirir el hábito de actualizarse con regularidad, en efecto diariamente, en todo lo anterior.
Herencia del liderazgo ignaciano 12
§ Están siempre enseñando y aprendiendo.
§ Forman hombres y mujeres brillantes y eminentes.
§ Se vigorizan con la misma ambición de sus metas heroicas.
§ Son innovadores y atacan los problemas de maneras que los antepasados no imaginaron jamás.
§ Se dedican a la excelencia.
§ Permanecen abiertos a las ideas nuevas aun en la vejez.
§ Influyen a los demás con el ejemplo.
¿Cómo se desempeña el papel de liderazgo ignaciano? 13 ¿Cómo ser un líder que deje en el mundo un impacto teniendo el ejemplo del que provocó san Ignacio de Loyola?
§ Apreciando su dignidad y rico potencial.
§ Reconociendo debilidades y apegos.
§ Expresando los valores que sostiene.
§ Fijando metas personales.
§ Fijando un punto de vista sobre el mundo.
§ Adquiriendo el hábito de la reflexión diaria.
Liderazgo ignaciano desde abajo. 14 En un mundo de liderazgo desde abajo los líderes:
§ Se lideran a sí mismos, inspiran a los demás por el ejemplo y crean ambientes más de amor que de temor.
§ Encuentran optimismo y lo desarrollan.
§ Ayudan a los demás a encontrar sus deseos internos, generadores de rendimiento motivado.
§ Sostienen a los demás y confían en ellos.
Las características del liderazgo ignaciano, el perfil que deseamos y buscamos para todos los líderes formados en nuestras instituciones educativas, está fundado en este proceso que hemos caracterizado, pero de manera nuclear tiene su base en la experiencia de Dios que se construye, en la firme voluntad de colaboración frente al reinado de Dios, en la nobleza de los propios deseos y en el constante discernimiento de todo este ejercicio. Para Ignacio, como para los que participamos de este modelo educativo, el liderazgo no tiene un sentido en sí mismo, ni únicamente sirve para el provecho personal, sino desde el convencimiento de humildes colaboradores, desde la locura del Evangelio que nos lanza a los hermanos, a buscar y construir la verdad, a fomentar la solidaridad, el amor, la justicia, a ser líderes que se conciban como hombres y mujeres para los demás.
IV. Liderazgo de inspiración cristiana: desde la experiencia de Dios en la historia
La experiencia espiritual de Ignacio de Loyola es una vivencia de la Trinidad encarnada en el mundo, como el deseo de la Divinidad de habitar en medio de los hombres y mujeres para llevarlos a la redención, ganada por la vida, muerte y resurrección del Señor Jesús. Ignacio ve —con los ojos de la fe y del corazón— esta presencia divina en medio de la complejidad de su vida y de la diversidad del mundo, por eso para él la invitación a ser compañero de Jesús no puede realizarse de otra manera que no sea encarnándose en el momento, tomando en cuenta a las personas, tiempos y lugares específicos.
Puedo afirmar que toda espiritualidad cristiana es, como lo es también la ignaciana, una espiritualidad de la encarnación, ésta ha sido la experiencia de Ignacio de Loyola y de muchos hombres y mujeres anteriores y posteriores a su existencia, así lo señala —por ejemplo— monseñor Romero en una de sus homilías: “Este es el compromiso cristiano: seguir a Cristo en su encarnación y si Cristo es Dios majestuoso que se hace hombre humilde hasta la muerte de los esclavos en una cruz y vive con los pobres, así debe ser nuestra fe cristiana”.15 Este es un testimonio no sólo de palabra, sino de alguien que entregó su vida en martirio; él mismo decía: “la persecución es algo necesario a la Iglesia ¿saben por qué? Porque la verdad es perseguida. Siempre que se predica la verdad contra las injusticias, contra los abusos, contra los atropellos, la verdad tiene que doler”.16 Esta es la experiencia viva de un líder cristiano de quien podemos aprender de dónde proviene nuestra fuerza. El mismo monseñor Romero lo expresa: “Somos el pequeño David, tal vez frente a Goliat, que confía en sus armas, en sus poderes, en su dinero. Nosotros confiamos en el nombre del Señor, nuestra pequeñez será grande y poderosa en la medida que sea humilde, amorosa y se afiance en el nombre del Señor”. 17
Nuestro liderazgo de inspiración cristiano– ignaciana tiene como modelo a la persona de Jesucristo, liderazgo que nace frente a la búsqueda del sentido de su vida y de la voluntad de Dios, su Padre, como consecuencia de una actitud de oración constante frente al misterio de la vida, de la práctica del servicio a los marginados y excluidos de su tiempo (leprosos, viudas, huérfanos, prostitutas, enfermos…), frente a la esperanza de comunicar un Dios que es Padre, que nos muestra su cariño y su predilección, un Dios cercano que vive la realidad de las personas, que expresa que su mayor deseo es que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia. El liderazgo de Jesús se desarrolla frente a la denuncia contra las estructuras y actitudes que mantienen paralizadas a las personas, que denigran su humanidad y les niegan la dignidad de una vida otorgada por Dios. En síntesis, podemos decir que el liderazgo de Jesús, raíz del cristiano, es un liderazgo preñado de deseos, de fragilidad, de rupturas, de enfrentamientos, pero sobre todo, de esperanza. Un llamado y una lucha constante a la conversión del corazón y al cambio de estructuras que violentan a los hombres y mujeres.
El liderazgo del que estoy hablando, el que se desprende de una formación educativa de inspiración cristiana e ignaciana, está íntimamente relacionado con el de Jesús: está centrado en los valores, actitudes, deseos, y particularmente, en el horizonte del reinado de Dios plasmado en el Evangelio. De manera especial puedo afirmar que este liderazgo tiene que desprenderse del encuentro personal con el Señor de la Historia que se manifiesta en lo profundo del corazón y en lo complejo de los acontecimientos, fruto de un constante diálogo multidireccional que abarca la trascendencia y lo inmanente, como somos las personas.
V. Conclusión
El liderazgo en el cual queremos formarlos, y que la sociedad espera de ustedes y de nosotros, sólo tiene sentido desde la búsqueda de la realización plena de las personas, del deseo cierto de mayores y mejores condiciones para una vida digna, como impulso a la lucha de la justicia que brota desde la fe. Un liderazgo de solidaridad y compasión que busca la construcción de cada persona y de la comunidad misma como sujetos de su historia. Este es nuestro mundo globalizado, nuestra sociedad compleja y desarticulada: habitamos en medio de hombres y mujeres ensimismados frente a una realidad por todos lados agresiva; convivimos con viejos y nacientes valores humanos: historia– presente, solidaridad–mercado, persona– narcisismo, razón–sentimientos, deber– experiencia, religión–trascendencia, institución–pertenencia… por eso puedo decir que nuestro liderazgo es un liderazgo en tiempos frágiles: visión para un futuro compartido. Quiero terminar este esfuerzo por descifrar el liderazgo ignaciano con una doble pregunta que nos lleva a concluir y a pensar nuevamente: ¿líderes para quiénes?, ¿líderes para qué?
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Hola César
ResponderBorrarOlvidaste el URL y tus comentarios a los artículos.
Recuerda que los artículos de los domingos no se toman en cuenta.
Saludos
Diana